Un adolescente dispara en una escuela de san cristóbal y deja un muerto de 13 años

La imagen de la Escuela Nacional de San Cristóbal amaneció rota por un estruendo que nadie esperaba: un chico de 16 años cruzó el portón con un arma, apuntó a sus compañeros y apretó el gatillo. Cuando el eco de los disparos se apagó, un alumno de 13 años yacía sin vida y otros tres menores sangraban sobre el patio que ayer era solo un lugar de recreo.

La zona, acostumbrada a los silencios de los campos de soja y no a los titulares de crimen, se encontró de golpe con su primer homicidio escolar. Felipe Michlig, senador departamental, lo resume con la voz aún temblorosa: «En años anteriores no tuvimos homicidios en San Cristóbal. Esta es una situación realmente increíble».

La escuela que nunca creyó necesitar un protocolo de balazos

El establecimiento, con mil estudiantes entre inicial y terciario, es una suerte de emblema educativo en la región. Sus aulas de ladrillo visto y sus murales de egresados ilustres proyectaban la idea de que la violencia quedaba lejos, en las grandes ciudades. Lo que nadie contaba es que el arma llegaría oculta en una mochila colorada y que el primer disparo sonaría a las 8:03, cuando el timbre aún no había marcado el ingreso.

Testigos describen al atacar caminando «como si fuera a un examen», la culata asomando entre cuadernos. Apuntó a quien tenía enfrente, sin línea clara de fuego. La víctima fatal recibió el proyectil en el tórax; murió antes de que la ambulancia de Rafaela –a 50 km– pudiera llegar. Otros tres alumnos, todos de entre 12 y 14 años, fueron estabilizados; uno permanece en riesgo.

El pueblo que prefiere hablar de cosechas que de armas

El pueblo que prefiere hablar de cosechas que de armas

San Cristóbal, 16 mil habitantes, factura más por granos que por industria. La noche anterior al atentado, la radio local debatía sobre el precio de la soja; hoy abre cada noticio con la pregunta que nadie se atreve a responder: ¿cómo un adolescente consiguió un arma de fuego? Michlig intenta contener la ola: «Lo primero que tenemos que hacer es no convertir esto en una cuestión política». Pero la política ya está en la calle: padres recluman a sus hijos, se suspenden clases y se convoca a un plenario de delegados que ni siquiera tiene protocolo.

La Secretaría de Niñez desplegó equipos psicosociales, aunque los hospitales de la zona no cuentan con especialistas en trauma infantil. «Estamos en tierra de nadie», confiesa una maestra de historia que lleva veinte años dando clases allí. «Nos enseñaron a manejar paros, inundaciones, pero nadie nos dijo qué hacer cuando un alumno dispara».

El arma que nadie vio llegar

El arma que nadie vio llegar

Fuentes de la investigación confirman que el adolescente detenido usó una pistola 9 mm, sin denuncia de robo. Vivía a ocho cuadras de la escuela, en una casa sin antecedentes penales. Su perfil digital muestra fotos con cuchillos de colección y letras de trap que alaban el poder del fuego, pero ningún indicio que hiciera saltar alertas entre adultos. El Ministerio Público de la Adolescencia tomó la causa; el acusado quedará bajo custodia judicial por 180 días mientras se perfilan cargos de homicidio agravado y tentativa triplicada.

El gobernador Maximiliano Pullaro prometió «una revisión profunda del acceso a las armas en zonas rurales». La frase suena a slogan cuando en Santa Fe hay más armas registradas por habitante que en cualquier otro distrito del país. La cifra habla por sí sola: 650 mil armas legales circulan en la provincia, sin contar las que nunca se declararon.

Una comunidad que ahora mira la hora antes de abrazar

Los campanarios de San Cristóbal repicaron al mediodía, pero no fue la señal de entrada: era la despedida colectiva al alumno muerto. Vecinos dejaron carteles de «Basta» sobre el portón oxidado; madres abrazaron a sus hijos como si cada abrazo fuera un escudo. La escuela anunció clases virtuales por el resto de la semana, aunque pocos creen que el miedo se disipe por Zoom.

Mientras tanto, en la plaza principal, un grupo de estudiantes improvisó una vigilia con velas de cumpleaños. Uno de ellos, de 14 años, resume el sentimiento que se llevará por años: «Antes teníamos miedo de que nos saquen una foto fea; ahora tenemos miedo de que nos peguen un tiro». La frase cruza el aire y se queda ahí, como el olor a pólvora que aún flota en el pasillo de la Escuela Nacional, donde la geografía y la historia se rompieron en un solo disparo.