Un boleto en castellón se fuga con 1,1 millones y deja dos hermanos menores en alcobendas y cádiz

1.089.535,58 euros. Esa cifra, redonda como una condena, acaba de aterrizar en la carretera nacional km 340 de Castelló de la Plaana. La administración de loterías número 16 ha validado esta tarde el único resguardo que ha hecho bingo al 6/49, mientras el resto de España rebuscaba entre papeletas arrugadas y sueños a medias.

La combinación ganadora —47, 41, 28, 5, 33 y 43— suena a matrícula de un coche robado. El complementario, el 18, ha sido la guinda para dos afortunados que jugaron en paralelo: uno en Alcobendas, otro en Cádiz. Cada segundo premio se lleva 71.980 euros, lo que en la Castellana se traduce en un piso de 70 metros y en la bahía gaditana en un chalé con vista a los velones de la tuna.

La máquina de la ilusión factura 2,3 millones en un lunes cualquiera

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El sorteo ha recaudado 2.291.360 euros. O, dicho de otro modo, el equivalente a 63 millones de cafés en el bar de la esquina. La recaudación no es noticia, hasta que uno descubre que el 70 % de ese dinero vuelve a salir en premios menores, publicidad y obras sociales. La Bonoloto, ese pequeño impuesto voluntario sobre la esperanza, ha vuelto a demostrar que España no se cansa de apostar al milagro.

En la administración castellonense ya han colgado el cartel de «Hay premio». El propietario, José Miguel, lleva 32 años detrás del mostrador y confiesa que este es el tercero gordo que toca en su vida. «El primero fue en el 92, un Gordo de Navidad. El segundo, un Niño. Y ahora esto. Los clientes me llaman Midas, pero yo solo vendo papel; la suerte ya viene de fábrica», bromea mientras sirve un café con leche a la cliente de siempre, que hoy no ha tocado ni el reintegro.

La historia, empero, tiene un regusto agridulce. A pocas calles, en la plaza Mayor, una fila de parados espera la apertura del SEPE. La probabilidad de encontrar trabajo este mes ronda el 8 %; la de que te toque la Bonoloto, 1 entre 13 millones. La ironía es que ambas colas —la del premio y la del paro— comparten acera y silencio.

Mientras tanto, en Alcobendas y Cádiz, los nuevos afortunados aún no han aparecido por sus respectivas administraciones. La dueña del despacho receptor 21.015, en la calle Columela, asegura que «aquí la gente es de confianza; si no viene hoy, vendrá mañana, pero venderá». En la número 8 de Alcobendas, la escena se repite: un hombre entra, compra un décimo del próximo sorteo y pregunta por el ganador. «No ha pasado todavía», le responden. «Normal —susurra—, en este país hasta la suerte se retrasa».

La jornada termina con la recaudación metida en la caja fuerte y los pronósticos ya volando hacia el próximo jueves. La Bonoloto, ese espejo rotativo de la quimera española, ha cumplido otra vez: ha convertido una tarde de marzo en un susurro colectivo de «por qué no a mí». Y mientras tanto, en Castellón, alguien ha empezado a buscar pisos en Denia. No hay prisa. El dinero, dicen, da de sí para muchas primaveras.