Un casco azul muere en líbano: la finul topa con el límite de su mandato
Un proyectil ha perforado la noche del sur de Líbano y, con ella, la inercia de una misión que lleva diecisiete años sin respirar. El impacto en la posición de Adshit al Qusair ha matado a un soldado de la FINUL y ha dejado a otro entre rejas de hospital. Dos vidas, un misil y ninguna certeza sobre quién apretó el gatillo.
La línea azul, ahora roja
La base donde cayó el obús está a menos de cinco kilómetros de la frontera israelí, en el distrito de Marjayún. Desde octubre, ese tramo de colinas y viñedos se ha convertido en un campo de tiro: drones, morteros, cohetes y, sobre todo, silencio diplomático. La FINUL lleva contabilizados más de 120 incidentes contra sus propias instalaciones desde que Hezbolá y el Ejército israelí reabrieron la guerra por procuración. Hasta ayer, los muertos eran civiles libaneses o israelíes; hoy hay un cascao azul más en la lista.
El secretario general adjunto de Operaciones de Paz, Jean-Pierre Lacroix, ha apretado el protocolo: investigación interna, condena genérica y llamamiento a «todas las partes». Pero en la frontera nadie firma los proyectiles. Ni Hezbolá, que ayer mismo lanzó 40 cohetes contra Kiryat Shmona, ni Israel, que respondió con artillería y ataques aéreos que pulverizaron puestos avanzados del grupo chií. En ese tiroteo de sombras, la FINUL se ha quedado sin espacio para mediar: su mandato, renovado por la Resolución 1701, le impide disolver un conflicto que ya no es fronterizo sino existencial.

Entre irán y un barrio de beirut
El proyectil que mató al soldado —la ONU aún no revela su nacionalidad— ha estallado el mismo fin de semana en que Teherán prometía «responder en el momento y el lugar que elija» tras el ataque israelí contra su complejo nuclear de Natanz. La cadena de represalias ya no respeta fronteras: Irán dispara a través de Hezbolá, Israel contesta golpeando la infraestructura de misiles en el valle de Beqaa y ambos usan el sur de Líbano como patio de recreo. La FINUL, que nació para vigilar un cese del fuego que ya no existe, se ha convertido en testigo de lujo y, ahora, en víctima.
El muerto de esta madrugada es el primer militar de la misión que pierde la vida por fuego hostil desde 2015. La cifra parece pequeña hasta que se compara con el ritmo: en los últimos tres meses se han registrado más incidentes que en los tres años previos juntos. La misión ha perdido el control de la Línea Azul; lo que queda es una franja de tierra sembrada de postes de vigilancia calcinados y aldeas fantasmas donde los libaneses del sur han aprendido a dormir en sótanos.

El precio de mantener la paz sin paz
El Consejo de Seguridad se reunirá el jueves para analizar el incidente. El embajador israelí ya adelantó que pedirá la retirada de la FINUL si no se garantiza su «neutralidad operativa», un oxímoron en un territorio donde cada bando interpreta la neutralidad como enemistad. Mientras tanto, los diez mil cascos azules que siguen desplegados en el sur de Líbano han recibido la orden de refugiarse en sus bases y limitar los patrullajes nocturnos. La misión ha pasado de mediar a resistir.
En el hospital de Nabatiye, el herido lucha por sobrevivir. Su compañero muerto ya ha sido evacuado a la base aérea de Tiflís, donde la ONU prepara el avión de regreso a su país. El traslado es protocolario; el silencio que lo rodea, también. Porque en el sur de Líbano la paz no se construye con resoluciones, sino con ataques que nadie reclama y muertos que nadie explica. La FINUL lo sabe: cada proyectil que cae es una factura que la comunidad internacional sigue aplazando. Y la cuenta crece.