Un chico de 15 años dispara en el aula y deja a san cristóbal temblando: la maestra que lo vio todo habla
La voz de Carolina Morel se quiebra cuando recuerda el olor a pólvora que inundó el pasillo. «Fue como si la escuela dejara de ser un lugar y se convirtiera en un eco», dice la docente. A las 11:14 de este lunes, un alumno de 15 años sacó un arma de su mochila negra, apuntó a sus compañeros y apretó el gatillo hasta vaciar el cargador. Un chico de 13 años cayó boca abajo. Ocho adolescentes más sangran todavía en los pasillos de la escuela técnica Nº 811 de San Cristóbal, Santa Fe.
La cronología de un horror que nadie quiso imaginar
Morel estaba corrigiendo exámenes de historia cuando escuchó los primeros estallidos. «Pensé que era el taller de mecánica, una explosión de esas que suelen pasar», cuenta. El error duró segundos. Un preceptor irrumpió en la sala de profesores gritando: «¡Tiene un arma, está disparando!». La maestra cerró la puerta con llave, agarró el celular y llamó al 911. Mientras tanto, el preceptor y un auxiliar se abalanzaron sobre el muchacho. Lo inmovilizaron entre dos bancos, lo desarmaron y lo obligaron a sentarse en el patio. «Estaba pálido, con la mirada perdida. No lloraba. No hablaba. Parecía un maniquí», recuerda.
La policía llegó a los siete minutos, pero para entonces la escuela ya era un campo de batalla. Alumnos trepaban los muros para escapar. Padres llegaban desalineados, descalzos, sin cerrar el coche. «Vi a una madre arrastrando a su hija por el piso, como si arrancarla del lugar fuera la única forma de salvarla», describe Morel.

El agresor: buenas notas, cero antecedentes y un perfil que no encaja
El nombre del adolescente circula en WhatsApp, pero la fiscalía lo mantiene bajo secreto de sumario. Lo que sí trascendió es que cursa cuarto año, promedia 8 en matemáticas y nunca figuró en un parte de disciplina. «No era el típico desplazado. Jugaba al fútbol, tenía amigos, venía con la camisa bien planchada», dice la maestra. Sin embargo, entre los chats que analiza la división Ciberdelitos aparece un video grabado el domingo por la noche: el chico ensambla el cargador, cuenta las balas y susurra: «Mañana se arma».
Nadie lo denunció. Nadie creyó que el «se arma» fuera literal. «Los chicos lo tomaron como un meme más», se lamenta Morel. La escuela tenía dos facilitadoras de convivencia, pero su función se limitaba a mediar peleas por bolígrafos o celulares robados. «Nunca capacitaron a nadie para detectar un futuro asesino», sentencia.

San cristóbal despierta con miedo a la puerta del aula
A 24 horas del crimen, la ciudad de 62 mil habitantes parece un pueblo sin infancia. Las puertas de las primarias permanecen cerradas con candado a las 7 de la mañana. Los padres acompañan hasta el primer patio y se quedan ahí, mirando el reloj. «Anoche mi hija de 9 años me preguntó si los compañitos vuelven a la vida como en los videojuegos. Yo no supe qué decirle», cuenta Diego, padre de un alumno de la escuela 811.
El gobernador Maximiliano Pullaro prometió un operativo de policía escolar en cada institución, pero en San Cristóbal hay 42 escuelas y solo 8 patrullas disponibles. «Es matemática básica: la protección no alcanza», ironiza Morel. Mientras tanto, los terapeutas de la zona ya hablan de «síndrome de la escuela abierta»: insomnio, ataques de pánico, rechazo a la mochila.
El Ministerio de Educación santafesino anunció un «plan de contención psicológica» que, por ahora, se resume en una sala con dos psicólogas y una urna de sugus. «Nos ofrecieron charlas de primeros auxilios. Yo necesito que me devuelvan la certeza de que al cerrar la puerta del aula no estoy encerrando a mis alumnos con la muerte», exclama la docente.
La escuela técnica 811 no abrirá sus puertas esta semana. Cuando lo haga, Carolina Morel volverá a entrar por la puerta roja que el martes quedó salpicada de sangre. «No tengo fórmulas mágicas. Solo sé que si no volvemos, el chico que disparó habrá ganado. Y yo no le doy ese gusto», afirma mientras guarda en una caja los cuadernos de la víctima. El nombre del muerto, Thiago, aparece en la tapa con una calcomanía de Spiderman. Tiene la misma edad que el arma que lo mató: trece años.
