Un chileno desvalija una oficina del microcentro y la policía lo atrapa con las notebooks en la mochila

A las 9:32 de la mañana, cuando el Microcentro todavía desperezaba sus cafés y los ascensores aún olían a desinfectante, un hombre de 32 años y pasaporte chileno forzó la cerradura de una oficina en el octavo piso de 25 de Mayo al 100. Cuatro minutos después salía con cuatro notebooks bajo el brazo, chequeras que aún olían a tinta fresca y un destornillador que ahora cumplía doble función: arma de tortura para la cerradura y testigo de su audacia.

La portera que vio demasiado

La encargada, Marta —esa mujer que conoce el nombre de cada cadete y el olor de cada desinfectante— notó algo raro cuando la puerta de blindex explotó en mil fragmentos. El ruido fue un aullido de sirena silenciosa. Ella no gritó; apretó el botón de alarma con la misma calma con que cierra la persiana del garage. «Se fue corriendo hacia Perú», le dijo al 911 mientras el ladrón bajaba las escaleras como si el edificio fuera suyo.

Lo que vino después fue un ballet de radios y sirenas. Motos de la División Servicios Especiales de Tránsito cortaron la diagonal norte, obligaron al sospechoso a meterse por Tucumán y lo rodearon en la esquina de Sarmiento. La mochila negra que llevaba parecía nueva; adentro, las cuatro notebooks relucían como trofeos. También había un pasaporte con sello de ingreso al país hace apenas tres meses. La Policía lo esposó sin resistencia. El hombre apenas susurró: «Es para mi hermana».

Lo que nadie cuenta es el precio de la impunidad

Lo que nadie cuenta es el precio de la impunidad

La Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional N°45, a cargo del fiscal Rouco Oliva, dictó la detención en menos de una hora. Pero afuera del edificio, los empleados fumaban con la mano temblorosa. «Perdimos el día, pero no perdimos datos», dijo una contadora mientras apretaba la notebook recuperada contra su pecho. El destornillador, ahora envuelto en una bolsa de pruebas, parecía ridículamente pequeño para tanto daño.

En la comisaría 1ª, el detenido firma el acta con una letra redonda, casi infantil. La huella digital confirma que ya fue arrestado en Santiago por el mismo delito en 2019. La circular de Interpol llegó tarde, como siempre. Mientras tanto, en el octavo piso, la puerta nueva de blindex ya está cotizada: 87.000 pesos, 48 horas de plazo y una promesa que nadie cree: «La próxima vez será distinto».