Un disparo en el baño desata la pesadilla de una escuela de santa fe

La imagen de un chico de 16 años cargando una escopeta doblada dentro de la mochila y cruzando el patio como quien va a un examen ya forma parte del infierno particular de Fernanda. Ella lo vio. Lo vio apuntar, lo vio disparar y lo vio caminar entre los cuerpos descompuestos de sus compañeros sin que le temblara la mano. «No le importaba que atrás dejaba un nene tirado sin vida», me repitió esta tarde, aún con la voz quebrada en seco, como si cada sílaba le reventara en la garganta.

La cronología de un ataque que nadie vio venir

El timbre de entrada aún no había sonado cuando estalló el primer disparo. «Pensamos que se había caído una puerta», dijo Fernanda. Eran las 7.40 de la mañana en la Escuela N°40 Mariano Moreno de San Cristóbal, un pueblo de 12 mil habitantes donde la principal novedad del mes suele ser el cambio de menú del club de abuelos. El ruido vino del baño de varones: salió un alumno apretándose el hombro, detrás el agresor con la escopeta lista. Segundos después, un proyectil de perdigones se incrustó en el pecho de Tomás Godoy, 15 años, hijo único, vecino de la calle San Martín, amante de los videojuegos de fútbol. Cayó de espaldas, sin tiempo de siquiera entender quién y por qué.

El atacante, también alumno del mismo curso, no gritó consignas ni arengas. Avanzó, recargó y siguió. «Lo hacía tranquilo», recordó Fernanda. Recorrió el pasillo central mientras decenas de adolescentes saltaban por ventanas de dos metros de altura, dejando pedazos de uniforme colgando de los hierros. La psicóloga del establecimiento, según denuncian los padres, no estaba esa mañana. Tampoco había custodia policial. El portero Daniel Herrera, de 62 años, fue el único adulto que se interpuso: se abalanzó sobre el muchacho, lo inmovilizó y le arrebató el arma junto a su compañero Roberto Giménez. «Si no llegan ellos, seguía disparando», calculó Fernanda.

Una escuela sin red de contención y una comunidad que se abraza sola

Una escuela sin red de contención y una comunidad que se abraza sola

Pasadas las 14, los directivos convocaron a los padres en el gimnasio. No había psicólogos de planta, ni protocolo de emergencia, ni siquiera un teléfono habilitado para contención. «Nos juntamos entre amigos y familiares nomás», dijo la alumna. Su madre, Silvia, la retiró antes de que termine la charla: «Me la llevé porque empezó a hipventilar». En el pueblo, los grupos de WhatsApp estallaron con la misma pregunta: «¿Cómo entra un arma así a la escuela?». La respuesta, por ahora, es un silencio que la ministra de Educación santafesina, Mara Deza, prefiere cargar sobre la mesa de «investigación interna».

El atacante, cuya identidad se mantiene bajo reserva por ser menor, vivía a ocho cuadras de la escuela. Vecinos lo describen como «callado, de buena familia, siempre de negro». Su padre, empleado municipal, colecciona armas de caza. La escopeta, según la primera pericia, era de su propiedad. «Los problemas no eran acá, venían de la casa», insistió Fernanda, repitiendo la frase que le llegó de boca de una inspectora. Nadie, sin embargo, explicó por qué esos problemas estallaron dentro del aula.

El cuerpo sin nombre y la sangre que no se lava con conferencias de prensa

El cuerpo sin nombre y la sangre que no se lava con conferencias de prensa

A las 18, el cuerpo de Tomás fue retirado por la ambulancia local. Quedó un charco que los porteros taparon con papel y detergente, pero el olor a pólvora y a miedo se quedó adherido a las paredes. «¿Vamos a volver?», le pregunté a Fernanda. «No lo sé», respondió, y se quedó mirando el techo como si allí estuviera la respuesta. Su madre, al fondo, musitó: «Con o sin clases, mañana hay colegio en la calle, porque el miedo ya nos acompaña de uniforme».

La escuela anunció clases suspendidas hasta el lunes. Pero para los 430 alumnos, el recreo ya terminó. El disparo de esta mañana fue el primero en la historia reciente de Santa Fe dentro de un aula, pero la comunidad teme que, sin respuestas concretas, no sea el último. Mientras tanto, en San Cristóbal la noche cayó con una vigilia improvisada frente a la puerta del colegio. Velas, carteles y un murmullo que se repite: «Justicia por Tomás». La frase, pintada con tizas sobre el asfalto, es la única certeza que queda en pie.