Un disparo en la cabeza y ocho heridos: el tiroteo en san cristóbal que desnuda el colapso de la escuela pública
Un solo adolescente de 15 años irrumpió esta mañana en el Colegio Nacional Nº 40 de San Cristóbal, Santa Fe, con un arma de fuego en la mochila y una frase que nadie quiso escuchar la semana pasada: «Van a morir todos». Minutos después, un chico de 13 años yacía muerto de un balazo, ocho compañeros sangraban en el patio y toda la comunidad se preguntaba cómo se llegó a este punto sin que nadie interviniera.
El silencio que precedió al estallido
Los videos de peleas circulaban entre los alumnos como monedas de un juego macabro. En diciembre, una alumna fue atacada a la salida: le cortaron el rostro. En enero, la misma chica fue agredida de nuevo. La advertencia del atacante de hoy —«van a morir todos»— fue compartida en clase, pero no llegó a los padres ni a la policía. «Se callan. Hablan entre ellos y queda dentro de la escuela», resume Juan, padre de una alumna de quinto año que presenció el tiroteo desde el banco de adelante.
La escuela tiene psicólogos y psicopedagogos, pero los padres aseguran que nunca los convocaron a una reunión para advertir sobre los episodios previos. «Nosotros como padres no nos enteramos de nada», dice Juan. El protocolo, al parecer, consistía en minimizar: un menor agredía a otro y el asunto quedaba en «una charla» entre docentes. El resultado fue una sala de clases convertida en escenario de guerra.

La familia del arma
Juan vive frente a la casa del agresor. La madre tiene un negocio de garrafas y le lleva la garrafa a domicilio. «Parecía un adolescente típico», dice. Lo que no se veía era el entorno: el padre con antecedentes por narcotráfico y depresión, el chico diciendo en voz alta que iba a matar a todos, y un club de básquet donde saludaba con normalidad mientras cargaba la amenaza en la cabeza.
El arma apareció hoy sin previo aviso. Nadie sabe cómo la consiguió. Tampoco hay respuesta oficial sobre por qué la escuela no activó ningún protocolo tras la amenaza explícita. La única certeza es que a las 8:15 el timbre sonó para el recreo y sonó también el gatillo.

El miedo que queda
La escuela suspendió clases, pero el pánico ya se instaló. En los chats de padres vanos mensajes: «Yo a mi hija la saco, no la llevo más». Juan tiene cuatro hijos; la de 18 años canceló el viaje de egresados porque el agresor iba en la misma lista. El varón de 8 ya cambió dos veces de escuela y sigue llegando a casa llorando. «Te da miedo como docente el día de mañana qué pueden enseñar o hacer los chicos», admite Juan, que estudia para ser maestro.
La guardia urbana municipal llega antes que la policía a las peleas de los patios. La policía, dicen los vecinos, solo aparece a la salida para evitar «pleitos». Dentro, la violencia se gesta en silencio, se graba en celulares y se viraliza entre adolescentes que aún no saben leer la muerte.
San Cristóbal, un distrito de 65 mil habitantes, suma hoy un nombre más a la lista de escuelas argentinas sacudidas por la violencia que el sistema prefirió ignorar. El Ministerio de Educación prometió «contención psicológica», pero no hay fecha para una reunión de padres ni un plan concreto. Mientras tanto, los uniformes blancos del colegio nacional vuelven a casa con manchas de sangre que tardarán años en lavarse.
