Un huaico arranca la vía a machu picchu y deja al cusco sin semana santa
La madrugada del lunes, un muro de barro y piedras se desplomó sobre el kilómetro 115+200, en Mandor, y arrancó los rieles como si fueran alambres de púas. El tren a Machu Picchu quedó cortado justo cuando cusco contaba los billetes de un feriado que, en números redondos, significa 30 millones de dólares.
PeruRail y Ferrocarril Transandino confirmaron la suspensión «hasta nuevo aviso». La frase suena a protocolo, pero en el andén de Machu Picchu Pueblo es el eco de un cuchillo en la mesa: el acceso amazónico —esa ruta alternativa que usan quienes llegan por Santa Teresa para evitar el ticket completo desde Ollantaytambo— dejó de existir. Ahora solo queda la vía clásica, la que ya va saturada con su aforo de 5.600 visitantes diarios, y los trenes que sí funcionan se llenan como latas de sardinas.
Una grieta que ya se veía venir
En enero, otro huaico se llevó el tramo 114+700. Los técnicos hablaron entonces de «intervención urgente», pero la urgencia se quedó en acta. El Niño Costero sigue dando cuerda a las tormentas y el Cusco acumula dos muertos y familias enteras en colchonetas desde Collpani hasta Santa Teresa. El INDECI acaba de pintar de naranja quince regiones; Cusco está en el centro del blanco.
El personal de Ferrocarril Transandino camina ahora con casco y linterna sobre un rescate que, en el papel, debería durar «días». En la práctica, los operadores saben que cada hora de cierre traduce en 1.500 soles menos en taquilla, 200 desayunos no servidos y un ejército de mochileros que cancelan por WhatsApp. La cifra habla por sí sola: el 70 % de los turistas que dudan del Perú como destino lo hace por episodios como este, según Apotur. El país deja de ingresar mil millones de dólares al año; Cusco arrastra la peor parte.

Machu picchu, un santuario que ya no da más de sí
El año pasado, la ciudadela recibió 1,5 millones de visitantes. Suena a éxito si se olvida que en 2019 eran 4,4 millones. La meta oficial es tocar techo en 5.600 al día para «preservar el patrimonio», pero la verdadera razón es que ni las vías, ni los baños, ni los basureros dan para más. El huaico de Mandor acaba de demostrarlo: la infraestructura se rompe antes que el boleto se agote.
Mientras tanto, en el mercado de artesanía de Aguas Calientes, Marisol Quispe acomoda llama tejidas que nadie le comprará esta semana. «El tren es la vida», dice sin dramatismo. Detrás de ella, un cartel de PeruRail aún anuncia horarios que ya no existen. La ironía no pasa desapercibida: la empresa que factura 400 millones de soles al año por este corredor ahora publica disculpas en redes sociales.
El feriado arranca el viernes. En vez de backpackers, los andenes de Ollantaytambo se llenarán de ingenieros topógrafos midiendo desniveles. La reconstrucción correrá por cuenta del Estado, pero el gasto lo pagarán los guías, los cocineros y los niños que venden aguas en el Puente Ruinas. El tren de la recuperación turística acaba de descarrilar otra vez, y esta vez no hay vía alternativa.
