Un muerto en la reapertura del azteca: la maldición del coloso vuelve a cobrar
El banquillo de palcos del Estadio azteca se tragó a Adrián Gómez Vázquez, 27 años, alcoholizado, la noche en la que el Coloso de Santa Úrsula volvía a abrir sus puertas con misa, cámaras y promesa de ser el primer escenario del planeta en celebrar tres Mundiales. El cuerpo cayó desde el segundo nivel hasta la planta baja, a 18 metros de altura, minutos antes del silbatazo inicial del México-Portugal. El partido terminó 0-0; la estadística oficial olvidará anotar que la inauguración ya tenía su primer gol: contra la gravedad.
El hueco del túnel 52
La Secretaría de Seguridad Ciudadana no necesitó horas para confirmar la muerte: fue en Twitter, casi tan rápido como el personal médico que intentó reanimar al aficionado sin éxito. La versión oficial: Gómez Vázquez quiso bajar por la parte exterior de la estructura, la baranda cedió o resbaló, y el vacío lo recibió de bruces en el concreto pulido que lucía nuevo para la Copa 2026. Lo que no aparece en el parte es que el túnel 52, donde ocurrió la caída, fue precisamente uno de los sectores que más tarde se remodelaron para ampliar palcos y VIP: las barandas llegaron más altas, pero nadie previó que la euforia y la cerveza harían el resto.
El estadio lucía lleno a medios 70 000 asistentes. El operativo de seguridad incluía 1 200 elementos, detectores de metales y puntos de venta de alcohol libre hasta el 58′ del segundo tiempo. La cifra habla por sí sola: un guardia por cada 58 espectadores no bastó para impedir que la primera víctima del reinaugurado Azteca fuera precisamente un aficionado que llevaba la playera de la selección por fuera y la borrachera por dentro.

El rumor que regresa cada vez que abre una tribuna
En cuanto corrió la noticia, WhatsApp y TikTok revivieron la letanía que acompaña al Coloso desde 1966: albañiles enterrados vivos entre vigas, pacto satánico con el diablo vestido de Armani, y la promesa de que cada nueva etapa del estadio exige un alma a cambio de perdurar. El obispo auxiliar Francisco Javier Acero acababa de terminar la bendición con imagen de la Virgen de Guadupa cuando la ambulancia sacó el cuerpo; la ironía fue instantánea: la liturgia católica y la leyenda pagana compartieron horario y escenario.
Nunca faltan los testigos que “escucharon” que en la excavación de 1962 aparecieron siete cruces de carrizo; tampoco los cronistas que recuerdan que la FIFA exigió que el Azteca tuviera profundidad de cimentación casi doble que el Bernabéu para soportar el terremoto y el peso del mito. Lo cierto es que, desde 1986, cada vez que se toca la estructura —ampliación de 1999, remodelación 2016, ahora 2026— surge un muerto: operarios por caída de grúa, hinchas por riña, ahora Gómez Vázquez por borracho. Casualidad o necesidad narrativa, el Coloso sigue cobrando.

El negocio que no puede fallar
La empresa operadora, que pagó 400 millones de pesos por el naming rights hasta 2031, ya prepara la campaña de relanzamiento: “El único estadio que ha visto a Pelé y a Maradona levantar el trofeo”. El contrato incluye cláusulas de indemnización por eventos que afecten la imagen; la muerte de Gómez Vázquez no figura como caso de fuerza mayor, pero la póliza de responsabilidad civil contempla hasta 150 millones de pesos por incidente. El partido siguió, los flashes apuntaron al césped y la marca Bud Light siguió proyectando sus luces LED en los anillos internos. La fiesta no se suspende cuando el negocio es más grande que la tragedia.
El próximo 11 de junio de 2026 el balón rodará de nuevo para la inauguración del Mundial. La FIFA ya advirtió que el protocolo de seguridad será “militarizado”. Pero la historia ya tiene su primer nombre grabado en la loseta invisible que el Azteca parece exigir cada vez que se reinventa: Adrián Gómez Vázquez, 27 años, aficionado, alcohol, caída de 18 metros, partido sin goles. El Coloso volvió a cobrar y nadie se atreve a apostar que la deuda esté saldada.
