Un periodista abandona el fútbol de millones para narrar la heroicidad de los clubes que sobreviven en la cuneta
Rafael Escrig ha pasado la última década grabando con su móvil los vestuarios donde las botas se secan junto a deshumidificadores de juguete. Ahora condensa esas imágenes en 176 páginas de sudor, federativos y cervezas de barril: su primer libro, El fútbol es nuestro, sale hoy a la venta con la misma urgencia con la que un presidente de Tercera RFEF paga la fianza del árbitro.
La odisea de contar lo que la tele ignora
Escrig no ha escrito un panegírico nostálgico. Ha construido un mapa de carreteras comarcales donde el Eibar se codea con el Castellón y el Unionistas se codea con el Jerez DFC como quien comparte paella los domingos. La Geoplaneta ha apostado por un registro que las grandes editoriales reservan para biografías de cracks: papel couché, planchas a color y ISBN que ya huele a césped artificial.
El viaje empieza en Ipurúa, donde once japoneses de Erasmus llenaron la grada sur en 2014 y acabaron comprando acciones del club por 50 €. Salta luego a Castalia, donde el Castellón lleva diez años tramitando un concurso de acreedores que se alarga más que la carrera de un juvenil promesa. Hay una parada en Andorra —el país, no el equipo— donde el fútbol se juega en un campo de hierba natural que es también aparcamiento del casino.
Pero lo que atrapa es la arqueología emocional: el filial del Racing que desaparece tras ganar al Athletic en San Mamés, la grada del Conquense que se convierte en pista de baile cuando el equipo baja a Preferente, la federación de peñas del Xerez que sigue pagando la cuota aunque el club murió en 2013. Escrig las llama “resistencias sentimentales”. Son historias que se cuentan en voz baja, como quien confiesa un amor imposible.

400.000 Suscriptores que nunca ven un gol
Su canal de YouTube funciona como un archivo de la memoria futbolística española: 1.200 vídeos, 48 millones de visualizaciones, cero derechos de retransmisión. En vez de goles, monetiza gestos: el portero del Izarra que canta el himno con voz de trinca, la abuela del Alavés que teje bufandas mientras recita la alineación de 1984. DAZN le fichó en 2022 para que cubriera LaLiga EA Sports, pero él sigue escapándose los martes para grabar al Cacereño entrenando bajo la llerra.
El libro, advierte, no es un catálogo de penas. Es un acta de supervivencia. El Eibar ya factura 40 millones y cotiza en Bolsa. El Unionistas acaba de estrenar un campo con grada de madera que se desmonta en verano para montar conciertos. Gibraltar vende camisetas en la tienda del aeropuerto. El fútbol modesto ya no pide limosna: vende experiencia.
Escrig cierra el prólogo con una frase que retumba como pelotazo en el palo: “El fútbol grande nos dice quién gana; el pequeño, quién existe”. Mañana, cuando el Madrid y el Barça se fichen a otro brasileño por 100 millones, él estará en Santa Eulalia de Ronçana grabando cómo el portero del Europa apaga las luces del campo con una llave que pesa más que su palmarés. Esa es la foto que falta en la portada de los diarios. Y ahora tiene ISBN.
