Un proyectil iraní destroza una planta química israelí y libera su nube venenosa
El cielo del Negev se tiñó de verde tóxico esta tarde cuando un fragmento de misil iraní perforó el techo de la fábrica Gaden en Neot Hovav y convirtió el complejo en una hornada de llamas y vapores de cloro. Un solo herido leve, dicen los partes. La broma macabra: la explosión ha liberado la misma sustancia que Israel usa para desinfectar sus piscinas, solo que ahora viaja en bocanadas letales por la autovía 40.
El silencio roto por la alarma química
Los bomberos llegaron a los cuatro minutos. Se encontraron con tanques de almacenamiento que saltaban como latas de refresco en un fuego de campamento. El plan de emergencia química —ese que nunca se cree que haga falta— saltó al nivel 3: evacuación de 5 km a la redonda, ventanas selladas, ganado confinado. La imagen: un kibbutz de gallinas ponedoras con las persianas cerradas y los animales enloquecidos dentro.
La planta produce ingredientes para pesticidas de exportación. Traducción: compuestos que matan insectos a la primera, y a los humanos les dejan la garganta como lija. El viento soplaba a 18 km/h, rumbo noroeste. Eso coloca a Beersheva justo en la línea de flotación de la nube, aunque las autoridades juraron que el modelo predictivo «indica dispersión insignificante». Lo que nadie cuenta es que el modelo se alimenta de 2019, antes de que Irán rediseñara sus ojivas para que exploten a media caída y generen más esquirlas.

El misil que no llegó a tierra
El proyectil fue interceptado por la Cúpula de Hierro, pero el interceptor lo partió, no lo desintegró. Un trozo del tamaño de una silla de oficina descendió casi vertical y perforó el techo metálico como si fuera papel de aluminio. El resto del misil cayó a 3 km, en tierra sin habitar. La ironía: el sistema que salva vidas terminó convirtiendo un artefacto inerte en una bomba de química dispersa.
En la planta trabajan 120 personas; 117 ya habían terminado su turno. El herido leve, Yossi Shitrit, 43 años, técnico de laboratorio, recibió cortes de cristal y quemaduras de primer grado. Se niega a ser trasladado al Soroka. «Prefiero el humblito de aquí al de Teherán», dijo antes de negarse a la ambulancia. Su jefe calcula que la pérdida supera los 18 millones de euros en producto químico y equipos. La cifra habla por sí sola: cuatro años de pesticida para el mercado africano evaporados en una bocanada.

El sur que ya respiró gas antes
Neot Hovav lleva dos décadas como diana accidental. En 2003 un incendio en la misma zona liberó benceno y dio a la región los niveles más altos de leucemia del país. Esta vez la suerte fue la hora: el viento cambió antes del atardecer y empujó la columna hacia el desierto. Pero el olor a piscina sobrecargada llegó hasta Rahat, el mayor poblado beduino del país. Allí los mayores cerraron las tiendas temprano y los niños jugaron a «el gas» corriendo con bolsas de plástico en la cabeza.
El gobierno ha ordenado un mapa de suelos y aire cada seis horas. Los resultados del primer muestreo llegarán mañana, cuando la nube ya haya viajado a Jordania. Mientras, los camiones cisterna llenan tanques de agua para lavar calles y tejados. El protocolo es simple: diluir hasta que desaparezca la culpa.
La guerra del mediodía dejó un solo muerto previsto: la confianza de quienes creen que los filtros HEPA y las alertas de smartphone bastan para sobrevivir al próximo proyectil. Dentro de 48 horas la fábrica promete reiniciar la línea. El pesticida volverá a fluir hacia Ghana y Kenia, donde los mosquitos también vuelan bajo y no distinguen entre banderas. Y en el sur de Israel el aire seguirá oliendo a cloro, ese olor a piscina que ahora huele a guerra.
