Un 'rembrandt' escondido en cambridge desata la guerra de atribuciones

Londres y Chicago compiten por la autenticidad del mismo rostro barbado. El ganón: un empresario británico que guarda la versión ‘menor’ en su salón y que ahora amenaza con desplazar al célebre Viejo con cadena de oro del Art Institute. La clave, un estudio que invierte 125 años de historia del arte sin despejar la incógnita: ¿quién pintó qué?

El experto que reabrió la herida

Gary Schwartz no es un cualquiera. Lleva cuatro décadas desmenuzando la paleta de Rembrandt y su taller, y ha hecho temblar subastas enteras con un solo artículo. Ahora publica en The Burlington Magazine que la ‘copia’ inglesa —más pequeña, sin repintes, con pinceladas gemelas a la versión de Chicago— huele a autoría principal. «Si un cliente encargaba una réplica, ¿para qué molestar a un aprendiz que necesitaría correcciones cuando el maestro tenía la escena fresca en la retina?», se pregunta. La frase suena a desafío.

El cuadro dormido en Cambridge mide 75 × 58 cm, apenas un palmo menos que el ‘oficial’. Fue adquirido en 1898 por el abuelo de Sir Francis Newman tras batallar en la subasta de Christie's: 3 000 guineas, un dineral para la época. Colgó con orgullo en la biblioteca familiar hasta que, en 1912, el erudito alemán Wilhelm Valentiner lo dejó en la arena: «Reproducción inteligente». Nunca explicó por qué. La sentencia condenó al lienzo al ostracismo de sótano y herencias.

Ciencia contra intuición

Ciencia contra intuición

El Art Institute reaccionó con un despliegue tecnológico digno de un laboratorio nuclear: infrarrojos, reflectografía, análisis de pigmentos, dendrocronología del soporte de abedul. Conclusión: mano discipular. Schwartz devuelve la pelota: «La ciencia detecta materiales, no decisiones creativas». Y añade una pista: ambas obras comparten un boceto subyacente calcado, trazado probablemente con el mismo cartón perforado. Para él, eso olvida la teoría del aprendiz y apunta a un Rembrandt que se auto-plagia para duplicar ingresos.

El museo, incómodo, se agarra al «consenso académico» y recuerda que el Rembrandt Research Project —el tribunal de la verdad rembrandtiana— ya validó la versión de Chicago en 1986. Pero ese mismo proyecto ha rectificado 35 atribuciones en cuarenta años. La certeza, aquí, brilla por su ausencia.

El precio de la duda

En el mercado, la diferencia es brutal: el ‘auténtico’ valdría hoy 35 millones de euros; la ‘copia’, unos 3. Si Schwartz gana la partida, Sir Francis pasaría de coleccionista amateur a propietario de un activo que multiplica por diez su fondo de pensiones. La familia, cauta, no ha anunciado venta, pero los seguros ya han recalibrado pólizas.

Mientras, los visitantes de Chicago contemplan el Viejo con cadena de oro sin saber que, a 6 000 kilómetros, su gemelo les disputa la identidad. La ironía: el público paga por ver la versión ‘oficial’ y la versión ‘fake’ cuelga gratis en un salón victoriano. La historia del arte, como siempre, la escriben quienes controlan el micrófono. Y hoy, el micrófono lo sostiene un holandés que disfruta poniendo el dedo en la llaga.

Skale cerró su envío desde Londres con esta constatación: «En el siglo XVII se copiaba para aprender; en el XXI se copia para vender. Rembrandt, al menos, tenía excusa.»