Un segundo casco azul cae en el líbano y madrid exige a la onu que pare la hemorragia

El sur del Líbano ha vuelto a teñirse de negro para la misión española. A las 12.07 horas de este lunes, un segundo proyectil ha alcanzado un convoy de la FINUL bajo mando hispano y ha acabado con la vida de otro soldado indonesio. En 24 horas, dos muertos y un herido grave. Margarita Robles, atrincherada entre cámaras en el Ministerio de Industria, lo ha confirmado con la voz rota: «Es muy preocupante».

La hora en la que se rompió la tregua

El primer impacto llegó anoche, cuando un misil perforó la carrocería de un vehículo de reconocimiento cerca de Bani Hayyan. El segundo, apenas después del mediodía, ha destrozado la escasa certeza que quedaba. «Estamos ante una nueva línea roja», ha advertido Pedro Sánchez desde la distancia de un tuit, mientras en Madrid se convocaba un gabinete de crisis improvisado.

La ministra ha dejado caer la frase que nadie quería escuchar: «Desconocemos la autoría». Traducción: ni Israel ni Hezbolá han reclamado el ataque, y la zona se ha convertido en un tablero donde cada pieza niega su movimiento. Robles ha apelado a la ONU para que «exija responsabilidades» y ha deslizado un mensaje a sus socios: si la FINUL no se blinda, España tendrá que reescribir las regas de compromiso sin pedir permiso.

En el cuartel general de Shama hay silencio de plomo. Los 600 soldados españoles están «bien», según el parte oficial, pero en los puestos de mando ya se baraja reforzar los Leopard y activar protocolos de fuego cruzado que hasta ayer parecían ciencia-ficción. El coronel Hernández, jefe de contingente, ha ordenado patrullas dobles y ha prohibido los trayectos en solitario. «No vamos a regalar ni un metro de carretera», ha dicho a su gente.

El precio de una misión oxidada

El precio de una misión oxidada

La FINUL lleva 16 años en el Líbano, pero su mandato se desangra por minutos. Desde 2006, el Consejo de Seguridad ha renovado su existencia cada año sin revisar su armadura: vehículos sin blindaje ERA, reglas de enfrentamiento redactadas para un conflicto que ya no existe y un área de operaciones que se reduce cada vez que alguien aprieta el gatillo.

La cifra habla por sí sola: 318 muertos desde 1978, y 2024 va camino de convertirse en el más letal de la década. Indonesia, que aporta 850 hombres a la fuerza, ha perdido ya a 34 de sus soldados en misiones de paz; España suma 14. Robles ha encendido el teléfono con António Guterres y ha pedido «una respuesta contundente antes de que el lunes traiga otro ataúd». La ONU, entre reuniones de urgencia, promete «una investigación imparcial» que todos saben que llegará tarde.

Mientras, en Madrid, la familia del capitán indonesio fallecido recibe la llamada protocolaria: «Lo sentimos, su hijo murió protegiendo una paz que nadie respeta». El convoy sigue humeando en una carretera que ya no lleva a ninguna parte. Y en el cuartel de la FINUL, un oficial español apunta la hora del siguiente impacto en la pizarra: 14.30, 15.00, ¿cuándo? La paz, aquí, se mide entre proyectiles.