Una canción se vuelve piedra: teresa parodi llora al ver a pedro canoero en bronce

La estatua emergió del lago como si el chamamé hubiera solidificado. Allí, frente a Ypacaraí, Teresa Parodi vio su propia leyenda convertida en monumento y se derrumbó. No era una escultura: era el pescador que conoció en 1984, el que remaba sin rumbo mientras canturreaba, el que desapareció sin dejar más rastro que la melodía que ella robó al viento.

La canción que se escapó de la bruma

Pedro Canoero nació de una neblina. Parodi tenía veintipico años cuando, tras una noche de jarana en Areguá, vio una silueta deslizarse entre los jacintos. El hombre no hablaba: solo soltaba trinos que parecían preguntas. Ella guardó el recuerdo, lo mezcló con el corazón roto que traía de Corrientes y, meses después, le puso letra al fantasma. La grabó en 1985; la radio la devoró; el pescador se convirtió en mito. Nadie supo jamás si Pedro existió. Hasta el viernes.

La estatua —bronce de dos metros, fondo de agua y cielo— reproduce al personaje con la gorrita de lona y el remo torcido. El escultor paraguayo Osvaldo Pérez trabajó durante nueve meses con fotos viejas de pescadores del lago y la descripción que Parodi mismo le dio: «Ojos de barro, manos de sauce». El resultado es un hombre que parece a punto de romper a cantar, como si la canción estuviera atrapada en el metal.

Un pueblo que se abraza a su propio eco

Un pueblo que se abraza a su propio eco

San Bernardino despertó con tambores. A las nueve de la mañana ya había colas para subir al escenario provisional. Las abuelas llegaron con termos de tereré y los adolescentes con auriculares colgando del cuello, preguntando quién era la mina de voz ronca. A las siete de la tarde, cuando Parodi apareció con sus nietos —Lucía, 18, violín; Tadeo, 16, guitarra eléctrica—, el aire olía a eucalipto y transpiración. 2.300 personas corearon «De alláite» como si fuera el himno de un país que nunca existió pero todos llevan dentro.

El momento álgido fue el dueto con Ricardo Flecha. El paraguayo, sesenta años y arrugas de sol, subió sin afeitarse. Entre los dos hicieron llorar al lago: primero «Pedro Canoero», luego «Canción para Verónica». La multitud calló tanto que se oyía el chapoteo de los patos. Parodi olvidó la letra, Flecha se la susurró al oído. Ella sonrió, lo abrazó. El público estalló. Eso no sale en el video: lo grabaron las retinas de los que estábamos ahí.

El premio que llega cuando ya no se necesita

El premio que llega cuando ya no se necesita

Tres días antes, en Asunción, la Cámara de Diputados le colgó una medalla al cuello: la Orden Nacional al Mérito Comuneros. Parodi la guardó en una caja de madera y siguió ensayando. «Los premios son abrazos que llegan tarde —me dijo mientras se pintaba el labio con un espejo roto—. La canción ya hizo su trabajo: unió orillas».

La estatua costó 45.000 dólares, pagos mitad por la municipalidad de San Bernardino y mitad por un grupo de empresarios correntinos que nunca pidieron un cartel. Ahora el pueblo tiene un nuevo punto de encuentro: los novios se citan «debajo del canoero», los domingueros hacen selfies con el remo de bronce. Y cada atardecer, cuando el lago tiñe de naranja la escultura, alguien pone la canción en un celular y la música se mezcla con el viento. Pedro sigue remando, pero ya no se escapa.