Una estrella secundaria despunta en sagitario y pone en jaque la cronología estelar
La constelación de Sagitario guarda un secreto que desmonta lo que creíamos saber sobre cómo se forman las estrellas más masivas. Un equipo del Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC) ha descubierto que una fuente relegada al olvio durante décadas —IRS7— podría ser más vieja que la protoestrella que todos hemos fotografiado y citado como ejemplo paradigmático de nacimiento estelar. La región IRAS 18162−2048, famosa por su deslumbrante chorro HH 80–81, alberga en realidad una familia estelar con al menos dos generaciones: la hija nació antes que la madre.
Un brillo secundario que engañó a los mejores telescopios
En los años noventa, los detectores infrarrojos ya registraron la existencia de IRS7, pero el resplandor de la protoestrella principal —20 veces la masa del Sol— la eclipsó por completo. Hasta ahora. El estudio, publicado en Astronomy & Astrophysics, ha empleado infrarrojo cercano para perforar el manto de polvo y ha encontrado una estrella tipo B2–B3, tan caliente que ioniza el hidrógeno molecular de su entorno. Ese hidrógeno excitado es la firma de un objeto que ya ha empezado a fusionar en su núcleo, mientras la protoestrella “estrella” de la región aún se alimenta del colapso gravitacional.
La conclusión es tan sencilla como demoledora: IRS7 lleva más tiempo viviendo que la supuesta “primogénita”. Rubén Fedriani, investigador del IAA-CSIC y primer autor del artículo, resume la paradoja: “Estamos ante una población multigeneracional donde el menor de los hermanos es el que más ha madurado”. La frase suena a drama familiar y, en cierto modo, lo es: obliga a reescribr los modelos de formación estelar que asumían un nacimiento único y jerárquico.

El polvo que oculta una cronología rota
La clave técnica ha sido observar a 2.2 micrómetros, una longitud de onda que atraviesa los 5000 años luz que nos separan de Sagitario y que desvela lo que el visible nunca verá. ALMA y el James Webb Space Telescope ya tienen asignado tiempo para rastrear la zona en búsqueda de más “hermanos mayores” escondidos. Cada nuevo dato puede ajustar la edad de la región y, por tanto, la tasa de formación estelar de toda la Vía Láctea.
Mientras tanto, la comunidad astronómica se replantea el uso de los chorros protoestelares como reloj cósmico. HH 80–81 seguirá siendo icónico, pero ya no sirve como cronómetro único. La morale estelar es clara: cuando el polvo se posa, las certezas se desvanecen. Y en el universo, como en la vida, el menor a veces lleva la delantera.