Una sanguijuela medicinal reaparece en ciudad real tras 50 años de silencio

La última vez que alguien certificó ver una Hirudo medicinalis en la provincia de Ciudad Real, Franco aún vivía y el mundo respiraba a ritmo de casete. Medio siglo después, el fotógrafo Francisco Bermejo Fernández ha roto el ayuno: encontró y documentó al anélido más buscado de la sanidad europea entre los juncos de Horcajo de los Montes, a las puertas del Parque Nacional de Cabañeros.

El hallazgo, adelantado por el MITECO y confirmado por la plataforma Observation, no es solo una anécdota naturalista. Es el regreso de un fósil viviente que la polución, la desecación de humedales y los pesticidas habían condenado a la memoria. En el siglo XIX, más de 50 millones de estas sanguijuelas pululaban por los pantanos de Francia; hoy apenas quedan fragmentadas en cantábricos y pirenaicos refugios. Que aparezca una en plena Mancha es como toparse con un rinoceronte en la Puerta del Sol.

La mordida que cambió la historia de la medicina

Los romanos ya se sangraban con ellas. En la Edad de Piedra, los chamanes arrancaban dolencias con bocados anestésicos que sangraban horas. La saliva de la Hirudo medicinalis es una farmacia ambulante: hirudina, calina, eglinas y antistasina, una mezcla que impide que la sangre coagule y que el paciente sienta dolor. Por eso el bisturí del siglo XIX viajaba en forma de gusano. Las farmacias europeas las criaban en barreños; los cirujanos las aplicaban como parches vivientes sobre tumores, hemorroides o «humores desordenados».

La revolución llegó cuando la biotecnología aprendió a copiar la molécula sin necesidad del animal. La hirudina recombinante se convirtió en lepirudina, desirudina y bivalirudina, anticoagulantes de última generación que no necesitan antitrombina III y que operan donde las heparinas clásicas fallan. Hoy se usan en hemodiálisis, angioplastias y cirugías de cadera que, literalmente, no sangrarían sin la sanguijuela original.

Un charco de ciudad real enciende las alarmas de conservación

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El ejemplar de Horcajo de los Montes aún espera confirmación genética, pero el avistamiento ya ha movilizado a biólogos de la Universidad de Castilla-La Mancha y a técnicos del MITECO. La zona, influencia directa de Cabañeros, es un espejo de biodiversidad que se resiste a convertirse en secano. El mensaje es claro: si la Hirudo medicinalis sobrevive ahí, es porque el agua no está contaminada y el ecosistema mantiene su red trófica intacta.

Francisco Bermejo, que ya ha documentado más de 300 especies de invertebrados, advierte: «La ausencia de registros no equivale a ausencia de vida». Su cámara ha demostrado que el silencio de los catálogos muchas veces es solo eso: silencio. Ahora los científicos temen que el boom del olivar intensivo y la extracción de aguas subterráneas acaben con el último cartucho de humedal manchego.

La historia se cierra con ironía: el animal que salvó vidas en quirófanos renace en un charco amenazado por el cambio de uso del suelo. La medicina moderna ya no necesita su mordisco, pero el planeta sigue necesitando su charco. Si desaparece, perderemos más que una especie: perderemos el espejo que refleja lo sucia que está nuestra propia sangre.