Van aert y van der poel se juegan la cabeza en gante-wevelgem y el pelotón les arrebata el triunfo
El sueño duró 230 km. Desde el Kemmelberg, Wout Van Aert y Mathieu van der Poel se miraron, calcularon y escaparon como dos adolescentes que huyen del instituto. Llevaban al Jasper Philipsen de su rival en el bolsillo. Faltaban 80 km. Pareía la escapada de los próximos cien años. A dos del muro de los Helados, el asfalto se llenó de acero gris: el pelotón los devoró y el belga acabó tercero, detrás del mismo Philipsen. De la fuga, solo quedó el sabor metálico de la decepción.
La alianza que duró lo que un latido
Van Aert lo cuenta sin aspavientos, como quien repasa una factura: «Las sensaciones eran buenas, pude seguir a Mathieu la última vez que subimos al Kemmel. Pensé que teníamos opciones». La realidad es más tosca: mientras él tiraba con la lengua fuera, Van der Poel guardaba un as en la manga: su compañero de equipo lideraba el sprint del grupo perseguidor. Eso le permitió rueda atrás, conservar pulmones. A Van Aert le tocó ser el cordero de la historia.
El trato funcionó a medias. Rodaron a más de 50 km/h por los campos de Flandes, abriercho brecha hasta 45 segundos. Pero la velocidad media del pelotón superó los 47 km/h. La aritmética del ciclismo moderno no perdona. Cuando los alféizares de los edificios de Wevelgem aparecieron, la ventaja era un mal recuerdo.

Un tercer puesto que sabe a poco
El sprint fue una fotografía borrosa: Philipsen sacó medio cuerpo a Tim Merlier y Van Aert cruzó tercero, con la mirada perdida en el asfalto. «Eso me perjudicó y marcó la diferencia», repite, como si aún no hubiera digerido el golpe. El belga lleva dos semanas seguidas subiendo al podio en monumentos: Milán-San Remo, ahora Gante-Wevelgem. Le falta el escalón más alto.
El calendario no da tregua. El miércoles corre A Través de Flandes, el domingo el Tour de Flandes y una semana después París-Roubaix. Tres citas que definen temporadas enteras. «Al menos hemos comprobado que las piernas responden», concluye, y suelta una carcajada sin gracia. La broma no le quita el sabor a cobre de la boca.
En el bus del Jumbo-Visma ya nadie habla de la escapada. El director deportivo revisa los datos del potenciómetro: 378 vatios de media durante 230 km. Números de locura. Pero los números no ganan carreras; lo hacen los ciclistas que llegan con la cabeza fresca al sprint. Van Aert sabe que la revancha está a ocho días, en los muros de Flandes. Allí no habrá compañeros de fugas, solo rivales con ganas de arañar cada centímetro de adoquín. Y esta vez no habá nadie que le devuelva el favor.
