Cardona abre la mina de sal que hace llorar de belleza a los que odian las cuevas

La Muntanya de Sal huele a mar muerto y brilla como un espejo roto. A 86 metros bajo la cresta de Cardona, la luz se vuelve ámbar y el silencio se rompe con un chasquido: una estalactita de halita acaba de ceder. Nadie ha venido a buscar sal para la ensalada; todos quieren la foto que parece Marte y que Instagram aún no ha saturado.

La catedral que no necesita dios

Guillermo, guía desde 2003, apunta su linterna hacia el techo y susurra: “Esto es un diapiro, un tapón de sal que ha ascendido dos kilómetros en 40 millones de años”. La frase suena a clase de geología, pero el cerebro solo atiende el color: blancos lechosos, anaranjados de yeso, vetas de potasa que laten borgoña. En la galería conocida como la Capilla Sixtina —nombre que nadie en el pueblo aprueba—, la sal se ha compactado en columnas que parecen órganos de tubos. Un visitante tose y el eco devuelve un rezo que nunca fue escrito.

La mina cerró en 1990 cuando el precio de la potasa se desplomó y los mineros colgaron los cascos en fila, como si fueran campanas. Trece años después, la Generalitat entendió que el agujero valía más como reliquia que como récord de extracción. Convirtieron los túneles en parque cultural, instalaron pasarelas de aluminio y prohibieron carritos de bebé: la halita es blanda, una rueda puede dejar un hoyo que parezca cicatriz.

El negocio de la evaporita

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Entrada: 12,50 €. Ni un céntimo va a parar a multinacionales: la recaudación sostiene los sueldos de 21 guías y el mantenimiento de los 4x4 que bajan a los turistas por un camino que antes era reservado a camiones Pegaso. En temporada alta, se agotan las 12 visitas diarias; en la taquilla cuelgan un letrero: “Llegue una hora antes o llore en el aparcamiento”. La temperatura permanece en 17 °C, pero la sensación es de más frío: la sal absorbe la humedad y la piel se vuelve papel de lija.

La montaña sigue creciendo 0,7 milímetros por año. Es un dato que la mayoría olvida, pero que los técnicos del Institut Cartogràfic vigilan con GPS: si el ascenso se acelera, la carretera C-55 podria agrietarse y el Ayuntamiento tendría que indemnizar a los vecinos de la urbanización Los Molinos. De momento, nadie se ha quejado: el turismo ha multiplicado por cuatro el valor de los pisos en el casco antiguo.

Cómo llegar antes de que instagram lo estropee

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Coger la C-16 y pagar dos peajes. A la altura de Súria, la silueta del castillo de Cardona aparece como un diente roto. Aparcar en la zona verde cuesta 1 euro la hora; si se llena, hay un campo de fútbol que los fines de semana se convierte en parking irregular. El último 4x4 baja a las 17:30; perderlo implica dormir en el bar El Piolet, donde la cerveza está más cara que en Barcelona y el propietario lo sabe.

La excursión dura 60 minutos, pero el olor a sal se queda en la ropa dos lavados. Al salir, la luz del atardecer convierte la montaña en un bloque de azúcar quemado. Un niño pregunta si se puede llevar un cristal; el guía responde que no, que la halita se disuelve en la lengua y la ley protege hasta el último grano. El crío chupa un caramelito y asiente: ya tiene la foto, ya tiene la historia. Cardona no necesita Wieliczka: tiene su propia catedral y, de momento, aún huele a mar muerto y a beneficio.