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Reabre el íbera más vasto de cataluña: 2.500 años después sigue guardando secretos

El Molí d’Espígol despierta este sábado. A las 11:00, una puerta de madera se alzarà en Tornabous y el polvo de dos milenios se enfrentará al sol de primavera. Dentro, una hectárea de calles de piedra espera al primer grupo de curiosos que, con la reserva en el bolsillo, pisará el mismo suelo que los ilergetes antes de que Roma decidiera que su tiempo había terminado.

Una cita que solo ocurre ocho veces al año

La Agència Catalana del Patrimoni Cultural ha clavado ocho clavos en el calendario: el último sábado de cada mes, hasta octubre. Gratis, sí, pero con cita previa y aforo limitado. Julio y agosto se trasladan a las siete de la tarde para evitar que el termómetro convierta la visita en sauna. La línea 977 638 556 se ha convertido en la taquilla invisible de una ciudad que nunca cobró entrada.

Lo que se desvela bajo los pies del visitante no es un simple montón de piedras. Es la trama urbana más compleja del mundo íbero catalán: calles de tres metros de ancho, casas con hogar, almacenes y un espacio que los arqueólogos bautizan como sala de audiencias. Aquí se negociaba, se discutía y, probablemente, se decidía quién lideraría la resistencia cuando los escipiones cruzaron el Ebro.

El ilergete que aún no ha sido desenterrado

El ilergete que aún no ha sido desenterrado

La guía —arqueóloga de oficio y narradora de oficio— detiene el grupo junto a un muro de adobe. Apunta al suelo y advierte: «Aquí hay un enterramiento infantil que no hemos tocado». La frase cae como una losa. Los niños de la visita dejan de tirarse piedras. Los adultos miran el suelo con otra densidad. La ciencia, en este rincón, respeta la intimidad de quien no pidió ser hallado.

Tras la visita, la ruta se bifurca. A quince minutos en coche, la Necròpolis d’Almenara ofrece la contrapartida: 120 túmulos que hablan de muerte y territorio. Más al norte, la Fortalesa dels Vilars —con sus murallas de 14 metros— recuerda que la guerra también era un arte íbero. El conjunto forma un triángulo de piedra y tiempo que puede tragarse un fin de semana entero.

Ullastret, la hermana mayor que aún esconde un palacio

Ullastret, la hermana mayor que aún esconde un palacio

Si el Molí d’Espígol es un capítulo, Ullastret es la novela. En la provincia de Girona, el yacimiento más grande de Cataluña solo ha excavado el 5 % de su superficie. Bajo la hierrota, los geomagnéticos dibujan un palacio de 500 m² que nadie ha tocado. La UNESCO ya lo ha declarado Patrimonio, pero la tierra sigue guardando la llave. La última sorpresa salió hace dos meses: una inscripción funeraria que retrocede el alfabeto catalán tres siglos antes de lo previsto.

El domingo 26 de octubre, cuando el Molí d’Espígol cierre temporada con su festividad íbera, los tambores retumbarán igual que hace 25 siglos. Los visitantes, ya sin guía, podrán tocar las réplicas de falcatas y beber vino de cerámica cocida al fuego. Será la última vez hasta 2026. La tierra volverá a tapar sus secretos y el teléfono 977 638 556 pasará de nuevo al silencio. Reservar ocho meses antes será el precio de entrar en una ciudad que nunca tuvo reloj.