Villa soldati: cuatro pibes de 20 años entraron, la ataron y le robaron la jubilación a clotilde, 82

Las 3.30 de la madrugada del sábado. Villa Soldati. Clotilde, 82 años, duerme sola cuando una ventana se abre desde afuera. Entran cuatro siluetas, todas menores de 20. La tiran al piso, la amordazan, la atan con un cinto y revuelven el living como quien busca monedas debajo del sofá. Se llevan el sobre de la jubilación que acababa de cobrar, un celular de gama baja y unos auriculares rosas que le había regalado a su nieta. Antes de irse le susurran: «No llames a la cana, abuela, o volvemos». A los diez minutos Clotilde se arrastra bajo la lluvia hasta la esquina de Lanusse y Río Cuarto pidiendo ayuda. Los vecinos la reconocen por el camisón celeste que ya no se lava desde que murió su marido.

El fantasma de 2020 que esta vez la venció

El fantasma de 2020 que esta vez la venció

Lo que nadie cuenta es que en esa misma casa, en plena pandemia, ya mataron una vez. Alberto, el marido de Clotilde, recibió un culatazo que le dejó un hematoma subdural. Murió seis meses después porque el PAMI demoró los estudios y el Hospital Piñero no tenía camas. La hija, Gabriela, guardó el expediente en un cajón y apostó a «seguir viviendo acá, con lo que quedaba». Ahora volvió a abrirlo para mostrar la causa judicial que nunca tuvo imputados. «La fiscalía lleva seis años diciendo que están cerca de una pista», dice con una risa que suena a llanto. El letrado que lleva la nueva investigación, Leonel Gómez Barbella, tiene la misma carpeta que su antecesora: huellas negras de hollín en la terraza, un mechón de pelo en el marco de la ventana y una filmación de celular donde se ve a los sospechosos corriendo hacia la villa 21-24. Todavía no hay detenidos.

El barrio ya no guarda silencio. Vecinos que antes no denunciaban por miedo a represalias ahora publican en WhatsApp la foto de cada cara conocida que merodea de noche. La cifra habla por sí sola: en los últimos 30 días hubo 18 robos con entradera en un radio de seis cuadras. «La próxima vez me matan», repite Clotilde mientras embala en cajas de té lo poco que le quedó. Su hija alquila un departamento en Villa del Parque y calcula que vender la casa le alcanzará apenas para cancelar deudas. «No es justicia, es mudanza forzada», resume antes de cerrar la puerta que ya no tiene cerradura: se la rompieron de una patada.