Yemen dispara otro misil a israel y amplía el frente que nadie pidió
Los hutíes vuelven a golpear. Un proyectil balístico salió esta madrugada desde el norte de Yemen y se estrelló en el sur de Israel, el tercero en una semana que firma la milicia chií aliada de Teherán. La operación, bautizada como Batalla de la Yihad Sagrada, no es un simple bravuconeo: es la confirmación de que la guerra de Gaza ha desatado una piromanía regional que ya nadie puede contener.
El misil que nadie interceptó del todo
El ejército israelí activó sus baterías David's Sling y Iron Dome, pero el proyectil impactó en zona desértica del Negev sin causar víctimas. El daño real no es físico: es psicológico. Porque el mensaje de Yahya Sari, portavoz de los hutíes, deja claro que la regla de juego ya no es la distancia, sino la voluntad de herir. «Hemos atacado infraestructura sensible en el sur de la Palestina ocupada y lo haremos cada vez más», proclamó en un vídeo de dos minutos que circula por Telegram junto a imágenes del lanzamiento.
Lo que nadie cuenta es que el misil recorrió 1.800 km y atravesó el espacio aéreo de Arabia Saudí sin que Riad disparara un solo interceptor. El silencio saudí habla más que cualquier declaración: la Casa Real teme convertirse en blanco si coopera abiertamente con Israel. El resultado es un corredor aéreo libre para los hutíes, que ya amenazan con «fases siguientes» si Netanyahu no frena su ofensiva en Gaza.

Irán, líbano y yemen: el triángulo que estrecha el cerco
Sari no habló solo. Aseguró que la acción fue «coordinada con nuestros hermanos en la República Islámica de Irán y con Líbano». Traducción: el misil yemení es solo la punta visible de un iceberg que incluye drones shahed lanzados desde Irak y cohetes de Hezbolá en el norte de Israel. La doctrina iraní del «eje de resistencia» deja de ser retórica y se convierte en un mapa de fuego que obliga a Tel Aviv a dispersar sus defensas en cuatro frentes.
La cifra habla por sí sola: más de 2.000 muertos en Irán desde que Israel inició su campaña de bombardeos el 25 de febrero. Cada cadáver iraní es un multiplicador de voluntad para los hutíes, que ven en el conflicto una oportunidad histórica para pasar de la periferia yemenita al centro del tablero regional.

La respuesta que se demora y el precio que sube
Israel promete represalias, pero sus aviones ya vuelan al límite de autonomía sobre Yemen y sus submarinos acechan en el Mar Rojo sin encontrar un blanco que merezca la pena. Golpear puertos costeros solo agravaría el bloqueo humanitario sobre millones de yemeníes y convertiría a los hutíes en héroes para la calle árabe. Washington, por su parte, envía destructores con misiles SM-2, pero se niega a abrir un quinto frente que complique su guerra comercial con China.
Mientras tanto, en Tel Aviv, los habitantes del sur aprenden a correr a los refugios en 90 segundos y las aerolíneas suspenden rutas de crucero sobre el Mar Rojo. El precio del petróleo Brent sube tres dólares cada vez que un hutí pulsa el botón de lanzamiento. El mundo recibe la factura de una guerra que creía lejana.
La lección es brutal: cuando los misiles yemeníes alcanzan el desierto de Israel, la frontera deja de ser un mapa y se convierte en una línea de tiempo. Y esa línea apunta a más fuego, no a un alto el fuego.