Zamora canta contra la muerte con cruces de yugo y la voz que desafió al olvido

A las 23:00 en punto, cuando la noche de Zamora se vuelve de terciopelo negro, la Plaza Mayor estalla en un cántico que repele la muerte. La muerte no es el final retumba entre los arcos y la canción —compuesta por un cura en los años 80— se vuelve antídoto contra el silencio que dejan los que ya no están. Esta noche la ausencia tiene nombre: José Luis Coomonte, el artista que convirtió rejas de arado y yugos de buey en los atributos de una resurrección que no cita a Dios, sino al campo que lo parió.

Un escultor que forjó su propia procesión

Coomonte murió en diciembre y su cofradía le devolvió el favor: portó sus cruces de vidrio, madera y metal como si fueran relicarios de un santón laico. La cruz de yugos —esa que pesa lo mismo que una era de labranza— fue llevada por treinta cargadores que sudaron la gota gorda mientras el coro repetía el estribillo que nieve la biología. Nadie se atrevió a mirar al suelo: la mirada iba a los altares móviles que Coomonte diseñó para que la memoria no tenga que agachar la cabeza.

La procesión arrancó con un libro de difuntos sobre una mesa de madera. Es la primera vez que los muertos viajan en mesa procesional; antes solo viajaban en boca de los vivos. El capellán Agustín Montalvo mencionó Ucrania, Gaza y los pueblos que Jesús pisó sin GPS. El sermón duró lo que un suspiro, pero alcanzó para pedir unidad entre las 17 cofradías que desfilarán esta semana. Lo que nadie dice es que la unión cuesta más que la corona de espinas, forjada con rejas de arado que algún día dejaron de arar.

El lunes santo que se niega a acabar

El lunes santo que se niega a acabar

Los pasos medían medio siglo de antigüedad y ninguno parecía dispuesto a jubilarse. La Virgen de la Amargura, tallada por Ramón Abrantes, lideraba la comitiva con una melancolía que ni los turistas con selfie lograban distorsionar. Los niños más pequeños lucían cruces de membrillo como si fueran dog-tags de una batalla que no vivieron. Las capas blancas con el emblema rojo ondeaban al compás de un cántico que, paradójicamente, habla de finales que no lo son.

La Semana Santa de Zamora tiene el cartel de Interés Turístico Internacional, pero esta noche el interés era interno: vecinos que se miraban a la cara y se reconocían en la misma canción. Cuando el coro soltó el último "que aunque morimos no somos carne de un ciego destino", la multitud no aplaudió: se santiguó o se quedó callada, que es la forma que tiene la fe de no meter ruido donde cabe el misterio.

Coomonte ya no puede escucharlo, pero su obra sigue en movimiento: cada cruz que se alza es un latido de acero contra la idea de que todo acaba. Zamora lo sabe y por eso repite el ritual desde hace veinte años, porque la tradición no es nostalgia: es ingeniería para atravesar la noche sin perder el rumbo. La plaza se vacía, pero la canción se queda colgada en el aire como una promesa que nadie se atreve a desmentir.