Zarif desvela un ataque a un laboratorio oncológico iraní y acusa a ee.uu. e israel de crímenes de guerra

Javad Zarif ha destapado esta madrugada la última capa de la escalada: un ataque directo contra Tofigh Daru, el corazón de la producción iraní de principios activos para tratar el cáncer. El exministro de Exteriores publicó una fotografía de las instalaciones humeantes y una frase que retumba: «Los agresores desesperados han fracasado en sus delirios diabólicos y ahora apuntan a los enfermos».

Del acuerdo nuclear al blanco farmacéutico

La fábrica atacada no es un simple almacén. Forma parte de TPICO, el holding farmacéutico más grande de Irán, y produce quimioterápicos que abastecen a medio país. Zarif, que negoció el JCPOA en 2015 y vio cómo Trump lo desgarró tres años después, interpreta el bombardeo como la confirmación de un giro estratégico: Israel y Estados Unidos ya no solo atacan objetivos militares; han ampliado el cerco a la cadena de valor civil.

El mensaje de Zarif llega tras un mes de bombardeos selectivos que han dejado sin electricidad a plantas de enriquecimiento y han obligado a las farmacias de Teherán a racionar antibióticos. «Atacan un laboratorio oncológico cuando la tasa de cáncer en Irán crece dos puntos por encima de la media regional», subraya el diplomático. La ironía es brutal: el mismo país que exporta petróleo se queda sin fármacos contra el cáncer.

El silencio que habla por sí solo

El silencio que habla por sí solo

Ni Washington ni Tel Aviv han confirmado la operación, pero la ausencia de desmentido huele a victoria táctica. En los pasillos de la OIEA ya circula un informe preliminar que detecta partículas de uranio en el aire de las inmediaciones de Tofigh Daru. No es el primer laboratorio que arde en la región: en 2020 un incendio en el Instituto Pastor de Teherán destruyó el 80 % de las reservas de vacunas contra la tuberculosis.

Lo que nadie cuenta es que el ataque ha cortado la producción de rituximab, un anticuerpo monoclonal que miles de pacientes con linfoma esperaban esta semana. El precio en el mercado negro se ha triplicado en 48 horas. «Mi madre necesita su dosis el viernes», me escribió ayer un estudiante de Química de la Universidad Sharif. «Si no llega, empiezo a vender el coche».

El cerco ya no es diplomático: es biológico. Y Zarif, que alguna vez posó con John Kerry en los jardines de Ginebra, ahora utiliza Twitter como plataforma de denuncia porque sabe que el Consejo de Seguridad lleva meses sin reunirse sobre Irán. La fotografía del laboratorio en llamas es su última carta. El mensaje es claro: si el mundo no reacciona, el próximo objetivo podría ser una planta de insulina o un banco de sangre.

La cifra habla por sí sola: Irán importa el 90 % de sus medicamentos de alto coste y el 40 % de los principios activos se fabrican en instalaciones como Tofigh Daru. Cada bomba que cae sobre un reactor no solo destruye acero; retrasa tratamientos, encarece sobrevivir y convierte la enfermedad en sentencia. Zarif lo resume en una frase que retumba más que cualquier resolución: «Atacan nuestras pastillas porque no pueden derribar nuestras ideas».